Tramo por los Montes de Oca hasta Burgos: naturaleza, historia… y una entrada para olvidar

El tramo del Camino de Santiago entre Villafranca Montes de Oca y Burgos, de 42 km, se puede recorrer cómodamente en dos etapas, con parada intermedia en Ibeas de Juarros. Un recorrido corto, pero con mucho contraste: empieza en plena naturaleza, en uno de los tramos más solitarios del Camino, y termina con una de las entradas urbanas más largas y poco agradables de toda la ruta.
La primera jornada atraviesa los Montes de Oca, un entorno de bosque cerrado, silencioso y muy poco transitado fuera de temporada alta. Es un tramo que impone respeto: la soledad es total y, si no hay gente, puede llegar a hacerse largo. En el camino aparecen tres enclaves importantes: San Juan de Ortega, con su monasterio (que desespera encontrar cerrado fuera de temporada), Agés, con la preciosa iglesia de Santa Eulalia y Atapuerca, nombre clave por su valor histórico (y prehistórico).


La etapa termina en Ibeas de Juarros, un pueblo de carretera, bastante ruidoso y sin demasiado encanto, pero con algo fundamental en este punto del Camino: servicios y opciones para dormir y comer.

El segundo día cambia completamente de registro. Se deja atrás la tranquilidad del monte para afrontar una larga, tediosa y poco atractiva entrada a Burgos, marcada por el asfalto, el ruido y los polígonos industriales. Sin duda, uno de los tramos menos agradecidos del Camino, que contrasta con el buen inicio en los Montes de Oca.
Cómo llegar en tren y autobús a Villafranca Montes de Oca y volver desde Burgos
Para organizar este tramo con tranquilidad, lo ideal es plantearlo en tres días: uno de aproximación, dos de caminata y vuelta directa a casa. Una logística sencilla, 100% en transporte público y muy en nuestra línea de viajar ligero y sin complicaciones.
El primer día lo dedicamos al desplazamiento desde Barcelona hasta Logroño. El trayecto se realiza en tren, en el Alvia que tan bien conocemos, que aunque a partir de Zaragoza se toma las cosas con calma, sigue siendo una excelente opción para desplazarnos a los diferentes tramos del Camino.

Llegamos con tiempo de sobra para instalarnos y disfrutar de la ciudad. Logroño siempre es una buena idea, y más si tienes la calle Laurel a mano: bares, pinchos y ambiente del bueno. Si es tu primera vez, merece la pena dar un paseo tranquilo por el casco antiguo, acercarse a la Concatedral de Santa María de la Redonda y recorrer la calle Portales, eje principal de la ciudad.
También puedes acercarte al Puente de Piedra sobre el Ebro, un clásico del Camino, o darte una vuelta por el Paseo del Espolón, perfecto para estirar las piernas después del viaje. Y si te apetece alargar la tarde, nada como volver a la zona de Laurel y alrededores (calle San Juan, Travesía…) para seguir picando algo y disfrutar del ambiente.
Para dormir, una recomendación muy clara: el Hotel Sercotel Calle Mayor, probablemente uno de los mejores alojamientos en los que hemos estado a lo largo del Camino. Y si después del tapeo aún queda hambre, Burgerheim es una apuesta segura. Un plan perfecto para empezar el viaje con muy buen pie antes de meternos de lleno en el Camino.

Al día siguiente toca madrugar. Desde Logroño tomamos un autobús temprano hasta Villafranca Montes de Oca, punto de inicio de la ruta.

Nada más llegar, antes de empezar a caminar, parada obligatoria para desayunar en todo un clásico del Camino: el Bar Restaurante El Pájaro. Energía cargada y ahora sí, a por los Montes de Oca.

La vuelta también es sencilla, aunque por logística nos encaja mejor hacer cambio de tren en Madrid. Tras completar la segunda etapa y superar la larga y poco agradecida entrada a Burgos, nos dirigimos directamente a la estación. Desde allí, tomamos un tren a media mañana hasta Madrid y, desde allí, otro hacia Barcelona.


Una logística fácil, cómoda y sin necesidad de coche, perfecta para centrarse únicamente en lo importante: caminar.
Primera etapa: de Villafranca Montes de Oca a Ibeas de Juarros (26,3 km), soledad en los Montes de Oca con paradas clave en Agés y Atapuerca
La etapa arranca temprano. Hemos salido de Logroño en el autobús de las 7:30 y, tras desayunar en el mítico Bar Restaurante El Pájaro, comenzamos a caminar casi sin darnos cuenta, con un ascenso suave que nos va metiendo poco a poco en el corazón de los Montes de Oca.
Pinos, más pinos, largos cortafuegos y, sobre todo, una sensación de soledad bastante intensa nos acompañaran en esta parte de la etapa de hoy. Fuera de temporada alta, este tramo impone. No es difícil imaginar por qué antiguamente era territorio de bandoleros: aislamiento total, silencio y kilómetros sin cruzarte con nadie. Para rematar el ambiente, aparece algún que otro monumento bastante inquietante que no ayuda precisamente a relajarse.

Con ganas de civilización llegamos por fin a San Juan de Ortega, uno de los hitos del Camino… cerrado a cal y canto. La decepción es considerable, así que seguimos adelante con un objetivo claro: encontrar algo que llevarnos a la boca.

Tras pasar por Agés, con cero servicios, la salvación llega en Atapuerca, donde encontramos el único sitio abierto: La Cantina de Atapuerca. Y bendita casualidad. Comimos increíblemente bien, con morcilla de Burgos de la de verdad. Un acierto total y parada más que recomendable.


Con el estómago lleno aún queda camino. La etapa es larga y se hace notar en los kilómetros finales hasta Ibeas de Juarros, un pueblo pegado a la carretera nacional, sin demasiado encanto pero práctico para hacer noche.

Dormimos en la Casa Rural La Cábala de Ibeas, muy buena elección para descansar, y para la cena fuimos a La Nave de Ibeas, donde nos trataron como en casa. Fin de etapa más que digno para una jornada exigente y con bastante carácter.

Segunda etapa: de Ibeas de Juarros a Burgos (15,4 km), una entrada larga, fea y sin concesiones
Nos levantamos temprano porque hoy toca apretar. El tren de vuelta sale a mediodía y no hay margen para entretenerse, así que afrontamos los 15,4 km de tirón, a buen ritmo y sin demasiadas pausas.

La etapa empieza sin misterio… y sin encanto. Desde Ibeas de Juarros tomamos un andadero paralelo a la carretera nacional, con tráfico constante, camiones, ruido y esa sensación poco agradable de caminar entre asfalto y prisas. No es el tramo más bonito del Camino, precisamente.

A medida que nos acercamos a Burgos, el paisaje no mejora. Dejamos atrás cualquier rastro de naturaleza y entramos de lleno en una zona de polígonos industriales, larga, monótona y bastante fea. Es una de esas entradas de ciudad que se hacen eternas, donde lo único que quieres es llegar cuanto antes.
Pero también forma parte del Camino. No todo son bosques, pueblos con encanto y momentos épicos. Hay etapas más duras mentalmente, menos agradecidas, y esta es una de ellas.
Finalmente, alcanzamos Burgos, cerrando este tramo con sensaciones encontradas: un inicio espectacular en los Montes de Oca y un final bastante más gris. Nos dirigimos directamente a la estación, sin rodeos. Objetivo cumplido. Tramo completado.

Y ahora sí, con el cansancio acumulado y la satisfacción de haber sumado otro tramo más al Camino, toca lo mejor: subir al tren y empezar a pensar en el siguiente.


