Train World en Schaerbeek: el broche ferroviario del viaje
En este artículo os vamos a explicar una de las escapadas más clásicas y agradecidas que se pueden hacer desde Bruselas en tren: dedicar un día completo a visitar Lovaina y Malinas, dos magníficas ciudades flamencas que rodean la capital belga.
La organización no puede ser más sencilla. Lovaina, Malinas y Bruselas forman un triángulo perfecto, con trayectos de apenas 30 minutos en tren entre ellas, lo que permite moverse con total comodidad sin perder tiempo en desplazamientos.
Además, la red de trenes belga es increíblemente eficiente, puntual y bien conectada, algo que invita a encadenar varias paradas en una misma jornada. De hecho, antes de salir hacia Lovaina, podemos aprovechar para hacer una primera visita muy especial: el museo ferroviario Train World, en Schaerbeek, muy cerca del centro de Bruselas y, cómo no, también accesible en tren.
Una parada ideal para empezar el día con buen pie, especialmente para todos los que, como nosotros, somos unos auténticos frikis del mundo ferroviario.

¿Se puede hacer todo esto en un solo día?
Sí, se puede, y como es marca de la casa, os vamos a explicar paso a paso cómo organizar esta escapada para aprovecharla al máximo.
Nuestra combinación de trenes: Bruselas ➡️ Schaerbeek ➡️ Lovaina ➡️ Malinas ➡️ Bruselas
Antes de entrar en la combinación de horarios, conviene explicar por qué estamos en Bruselas. En nuestro caso, llegamos a Bélgica tras un viaje de trabajo a los Países Bajos, volando desde Barcelona y continuando el trayecto en tren hasta Bruselas, una ciudad que funciona como auténtico nudo ferroviario en el corazón de Europa.
No es la única manera de llegar hasta aquí. Bruselas también puede ser punto de partida o de paso en un Interrail por Centroeuropa, un viaje que ya hemos hecho y del que os hemos hablado en detalle en el blog, y del que os dejamos el enlace por si queréis echarle un vistazo.
Guía completa de Interrail por Centroeuropa: itinerario, trenes, alojamientos y presupuesto
A partir de aquí, vamos a lo importante: cómo organizar el día y qué combinación de trenes nos permitió visitar Train World, Lovaina y Malinas en una sola jornada, saliendo y regresando a Bruselas.








Para comprar los billetes y consultar otros horarios (hay muchísimos a lo largo del día), tanto la web como la app de los trenes belgas funcionan realmente bien. Además, en todas las estaciones del recorrido hay máquinas expendedoras muy intuitivas y fáciles de usar, algo que siempre se agradece cuando viajas con prisas o sin dominar el idioma.
Un detalle importante a tener en cuenta es que los billetes no van asociados a un tren concreto ni a una hora específica, sino que son válidos durante todo el día, lo que da muchísima flexibilidad. Esto permite, por ejemplo, comprar todos los billetes de la ruta ya desde la primera estación, en Bruselas, y moverse con total tranquilidad, sin perder tiempo en cada parada ni tener que ajustar el viaje a horarios cerrados.

Train World: uno de los mejores museos ferroviarios de Europa
Train World es una de esas visitas que sorprenden incluso a quien no se considera especialmente aficionado a los trenes. El museo está extraordinariamente bien surtido y ambientado, y se ubica en la antigua estación de Schaerbeek, perfectamente integrada en el recorrido y reutilizada y modernamente ampliada con muchísimo acierto.


En su interior se pueden ver locomotoras impresionantes, vagones históricos, carteles antiguos, señales ferroviarias, objetos originales e incluso una recreación a tamaño real de la casa de un ferroviario dentro del propio museo, un detalle que ayuda mucho a contextualizar cómo era la vida ligada al tren en otras épocas.

Otro de los grandes puntos fuertes de Train World es el cariño con el que está hecho. Durante la visita, da la sensación de que parte del personal que lo atiende está formado por personas muy veteranas, con muchísima experiencia y una clara vinculación con el mundo del ferrocarril. No sabemos cuál es exactamente su relación laboral con el museo, pero la manera en que explican, cuidan los detalles y transmiten la historia del tren hace pensar que hay una auténtica pasión detrás, algo que se nota y se agradece muchísimo.
La tienda del museo merece también una mención especial: está muy bien montada, con libros, puzzles, maquetas, recuerdos ferroviarios y artículos originales que van mucho más allá del típico souvenir. Incluso aunque no compréis nada, vale la pena dedicarle unos minutos.
La visita se puede hacer perfectamente en una hora y media, sin prisas, y resulta imprescindible para cualquiera a quien le gusten los trenes, pero también muy recomendable para viajeros curiosos que quieran entender mejor la importancia del ferrocarril en Bélgica y en Europa.




Lovaina: el ayuntamiento más bonito del mundo y el alma universitaria de Bélgica
La siguiente etapa del viaje es la visita a Lovaina (Leuven), una ciudad que sorprende mucho más de lo esperado.
Nada más salir de la estación, el centro histórico queda a cierta distancia, pero el paseo hasta él se hace muy ameno: la calle que conecta la estación con el corazón de la ciudad (calle Bondgenotenlaan) es muy comercial, animada y llena de vida, por lo que el trayecto pasa volando.
Y entonces llega el impacto.
Al alcanzar la Grote Markt, aparece ante nosotros la auténtica joya de Lovaina: su ayuntamiento, considerado por muchos como el ayuntamiento más bonito del mundo. Un edificio gótico absolutamente espectacular, repleto de detalles y esculturas, con una fachada que parece no terminar nunca. Justo enfrente se alza la iglesia de San Pedro, cerrando una de las plazas más impresionantes de Bélgica.
En esta misma plaza se encuentra la curiosa escultura de la Fons sapientiae, la del famoso mono de Lovaina (llamado popularmente Fonkse), que sostiene un vaso desde el que, de forma simbólica, escancia agua. Un pequeño detalle que suele pasar desapercibido, pero que se ha convertido en uno de los guiños más simpáticos de la ciudad.

A pocos pasos se encuentra la plaza Oude Markt, conocida como el bar más largo del mundo: una gran plaza donde todo son bares y restaurantes, ideal para hacer una pausa y disfrutar del ambiente joven y universitario que define a Lovaina.

Otro de los lugares más especiales es su beguinaje (beaterio), un antiguo recinto residencial donde, durante siglos, vivieron mujeres laicas dedicadas a una vida religiosa y comunitaria, sin llegar a ser monjas. Está formado por casas de ladrillo rojo alineadas en calles tranquilas y silenciosas. No es un espacio especialmente vistoso ni especialmente variado, pero su atmósfera serena y su armonía arquitectónica lo convierten en un rincón muy agradable para pasear y desconectar del bullicio del centro.

Por último, no hay que perderse la Biblioteca Universitaria y la plaza que la rodea, la Ladeuzeplein, un espacio amplio y elegante que refleja la importancia histórica de la universidad y que sirve como magnífico broche final a la visita. Además, si tenéis suerte con la hora, podréis escuchar el carrillón, que sorprende con la interpretación de alguna que otra melodía moderna.
En la plaza también llama mucho la atención un curioso monumento: una mosca clavada en una aguja, una escultura llamativa y algo desconcertante que no pasa desapercibida y que suele despertar más de una sonrisa y muchas fotos.

En conjunto, con unas dos horas es más que suficiente para conocer lo esencial de Lovaina, recorrer sus plazas principales y llevarse una imagen muy completa de una de las ciudades más bonitas de Bélgica.
Malinas: la sorpresa tranquila entre Bruselas y Amberes
Tras la visita a Lovaina, la siguiente parada de esta ruta en tren es Malinas (Mechelen). El cambio de escala es evidente: es más pequeña que Lovaina y transmite una sensación muy agradable y cercana, casi de pueblo, algo que se percibe desde el primer momento.
La estación queda algo alejada del centro histórico, pero, al igual que ocurre en Lovaina, el paseo hasta el centro histórico de la ciudad se hace muy agradable gracias a la calle Bruul, una bonita y animada calle comercial que, junto a la plaza IJzerenleen, forma el auténtico corazón comercial de Malinas.

El verdadero impacto llega al alcanzar la Grote Markt, la gran plaza central de Malinas, un espacio que lo engloba todo y donde la ciudad muestra su mejor cara. Aquí domina la escena la Catedral de San Romualdo (o Rumoldo), con su imponente Torre de San Romualdo, uno de los grandes símbolos del país.

Si tenéis fuerzas, merece mucho la pena subir a la torre. La entrada cuesta alrededor de 8 € y la ascensión se hace a pie, superando más de 500 escalones. Aunque pueda parecer exigente, la subida es muy entretenida, con varias paradas intermedias que permiten descansar y descubrir pequeños detalles de la torre.
Además, hay que tener en cuenta que la torre de San Romualdo nunca se terminó: debía ser mucho más alta, y quizá por eso su silueta resulta tan contundente y algo brutalista, más propia de Mordor en El Señor de los Anillos que de una esbelta catedral en la tranquila y ordenada Flandes.

La vista desde arriba es magnífica. En días claros se distingue Bruselas, con el Atomium, y también Amberes. Unos binoculares electrónicos (gratuitos) que hay en lo alto señalan incluso Gante, aunque nosotros no conseguimos verla a simple vista. Eso sí, aviso importante: no intentéis hacer la foto del Atomium con el móvil, porque la distancia hace que el resultado sea bastante decepcionante, por no decir penoso.


De nuevo en la Grote Markt, merece la pena fijarse en los otros bellísimos edificios que destacan en la plaza, justo frente a la catedral. Se trata del complejo del Ayuntamiento de Malinas, compuesto por el Palacio del Gran Consejo, la torre cívica (o beffroi) y la Lonja de Paños (mostrados de izquierda a derecha en la siguiente foto).

A pocos minutos caminando se llega al río Dijle, uno de los mejores lugares para pasear con tranquilidad. Aquí, en la calle Havenwerf, se encuentran las conocidas tres casas junto al río (llamadas casas Sint-Jozef, De duiveltjes y Paradijske), muy pintorescas y fotogénicas, y que son uno de los rincones más agradables de la ciudad.

Con esto, la visita queda prácticamente completa. Malinas se recorre con calma y en poco tiempo, y tras disfrutarla, regresamos a Bruselas, cerrando una escapada en tren cómoda, variada y muy bien equilibrada, de las que son marca de la casa.


