Granada y Las Alpujarras como base de un viaje intenso a Sierra Nevada sin coche
Cuatro días. Un tren. Una capital andaluza llena de historia. Pueblos colgados en la Alpujarra granadina. Y una cima mítica: el Mulhacén, techo de la Península Ibérica.
Este es uno de esos viajes que demuestran que no hace falta disponer de semanas ni de un presupuesto desorbitado para vivir una gran aventura. Solo hace falta organizarse bien, elegir el transporte adecuado y tener ganas de exprimir cada jornada.
En este artículo os proponemos un viaje de 4 días desde Barcelona hasta Granada, Las Alpujarras y Sierra Nevada, realizado íntegramente en tren y transporte público, combinando ciudad, pueblos con encanto, senderismo y alta montaña.
Un plan perfectamente factible que arranca con la llegada a Granada y una primera toma de contacto con la ciudad, continúa adentrándose en la Alpujarra granadina (con parada en Trevélez), culmina con la subida al Mulhacén desde Capileira en un solo día y regresa de nuevo a Granada para visitar La Alhambra antes de poner rumbo a Barcelona por la tarde. Todo sin coche y sin prisas innecesarias.
Un viaje intenso, sí, pero también coherente. De esos que cansan el cuerpo, despejan la cabeza y dejan la sensación de haber aprovechado cada kilómetro recorrido. Porque viajar, al final, no va de sumar días, sino de llenarlos bien.
El itinerario completo: trenes y autobuses para moverse sin coche
Barcelona ➡️ Granada ➡️ Trevélez ➡️ Capileira ➡️ Granada ➡️ Barcelona
A continuación os mostramos, en orden, los distintos trayectos que realizamos y que recomendamos para encajar todo lo que queremos hacer en solo cuatro días.
¿Que si es posible? Por supuesto que sí. Conseguirlo (sin coche y sin perder tiempo) es, al fin y al cabo, marca de la casa.
Día 1: Tren Barcelona – Granada

Día 2: Autobús Granada – Trevélez

Día 3: Autobuses Trevélez – Capileira y Capileira – Granada


Día 4: Tren Granada – Barcelona

Y si se planifica con tiempo y se compran los billetes de tren con antelación, todo el viaje puede costar menos de 200 euros.
Día 1: De Barcelona a Granada en tren (mañana) y visita al centro de Granada (tarde)
El primer día arranca temprano, pero con recompensa: llegamos a Granada con tiempo suficiente para disponer de toda la tarde. Primero, para comer tranquilamente en alguno de los excelentes restaurantes que hay en la ciudad; y después, para empezar a recorrer su centro histórico sin prisas.
Para comer elegimos el Restaurante Palacio Andaluz Almona, una apuesta segura para un primer contacto con la cultura andalusí. Su comida casera marroquí es excelente y marca el inicio perfecto de este viaje hacia el sur, tanto por el paladar como por el ambiente.


Una vez bien alimentados y tras un rápido paso por el apartamento donde nos alojaremos en esta ocasión (Smart Suites Albaicín, muy recomendable), situado en pleno barrio del Albaicín, ya estamos listos para empezar a caminar. Y lo mejor es que no hace falta ir a ningún sitio: salimos por la puerta y ya estamos dentro de uno de los barrios más emblemáticos de Granada. Callejear sin rumbo por el Albaicín, entre cuestas, empedrados, placetas y miradores con La Alhambra siempre al fondo, es la mejor manera posible de arrancar este viaje.

Del Albaicín, declarado Patrimonio de la Humanidad, recomendamos algo muy sencillo: perderse sin brújula. Tarde o temprano acabaréis pasando por lo imprescindible del barrio.
Por aquí dejaron su huella las distintas culturas que lo habitaron, y quizá por eso es un lugar repleto de rincones con historia, cuestas imposibles y plazas con encanto.

Pero vamos a lo verdaderamente imprescindible de lo imprescindible, empezando por sus miradores, con vistas sencillamente espectaculares a la Alhambra.
El más conocido (y con razón) es el Mirador de San Nicolás, situado en lo más alto del barrio. Además de las vistas, el ambiente que se crea aquí, especialmente al atardecer, es único: guitarras, cantaores flamencos y viajeros de medio mundo se mezclan mientras el sol se pone tras la Alhambra. Un lugar capaz de transportarte a otro mundo. Imprescindible.
Tampoco os podéis perder la visita a alguno de los numerosos cármenes que hay en el Albaicín, antiguas casas nazaríes rodeadas de altos muros que esconden en su interior jardines y patios llenos de calma. Son pequeños oasis que ayudan a entender cómo se vivía aquí hace siglos.
Y las plazuelas… ¿qué decir de ellas? Para nosotros son el verdadero corazón del barrio y el lugar donde mejor se percibe su esencia más auténtica. Siempre hay ambiente, a cualquier hora del día. Nuestro consejo es claro: la Plaza Larga es imprescindible.
Antes de abandonar el barrio y dirigirnos de nuevo hacia el centro de la ciudad, merece la pena acercarse, sin perder mucha altura, hasta el barrio del Sacromonte (o barrio de los gitanos) para visitar sus famosas cuevas recreadas. En ellas nos haremos una buena idea de cómo vivían los granadinos en esta zona hace unos años y entenderemos mejor la historia y la cultura tan particular de este lugar.

Desde el Sacromonte, la bajada hacia el centro es casi tan agradable como la visita. El camino nos lleva hasta la calle Calderería Nueva, famosa por sus teterías (recomendamos Tetería Dar Ziryab), aromas a té y dulces árabes, un lugar ideal para hacer una última parada antes de dirigirnos al bullicio del centro.
Y es que el centro es realmente animado, especialmente la Alcaicería, junto a la Catedral.
Este antiguo zoco árabe sigue conservando parte de su esencia: paseando entre las tiendas actuales todavía podemos imaginarnos cómo sería en época nazarí, con sus comercios, aromas y actividad constante.

Y por supuesto, no puede faltar la Catedral de Granada, una obra monumental que nos permite cerrar la tarde con una visión de la historia y la arquitectura de la ciudad.
Con esto, damos por finalizado un primer día intenso y completo, combinando gastronomía, alojamiento y el encanto único de Granada desde el Albaicín hasta el centro histórico. Mañana será otro día: Las Alpujarras nos esperan.
Día 2: De Granada a Trevélez en autobús y paseo vespertino por el pueblo
No os vamos a engañar: el viaje de Granada a Trevélez en autobús es largo (casi 3 horas) y discurre por carreteras de montaña llenas de curvas. No en vano, Trevélez es uno de los municipios más altos de la península ibérica, situado a 1.476 metros de altitud.
Aun así, las vistas desde la ventanilla del autobús hacen que el trayecto merezca completamente la pena y convierten el viaje en parte de la experiencia.

Una vez llegados a Trevélez, recomendamos alojarse en el Hotel La Fragua II, un alojamiento que cumple de sobra con todo lo que se puede pedir en este entorno. Cuenta con habitaciones amplias y cómodas, muchas de ellas con vistas, además de piscina, algo muy de agradecer tras el viaje o una jornada de caminatas.


Pero si hay algo que realmente destaca es su restauración, de nivel sorprendentemente alto. Por este motivo, recomendamos optar por la pensión completa, una elección muy práctica que deja perfectamente cubiertas todas las necesidades y permite centrarse únicamente en disfrutar del pueblo y del entorno. Un ejemplo de hotel bien pensado para este tipo de viaje.

En Trevélez recomendamos recorrer el pueblo, sin rumbo, de arriba abajo, y lo decimos literalmente. El gran desnivel que presenta la población, situada en las faldas de Sierra Nevada, hace que caminar por sus calles sea casi un pequeño entrenamiento en sí mismo, pero también la mejor forma de descubrir su encanto y disfrutar de sus vistas.
Además, Trevélez huele a jamón serrano. Literalmente. Los secaderos, algunos visitables, están por todas partes y ese aroma forma parte del paseo, algo que lo hace todavía más especial.

Para quienes estamos más acostumbrados a pueblos de montaña como los del Pirineo, Trevélez resulta casi exótico: su urbanismo, sus cuestas interminables y su forma de adaptarse a la ladera recuerdan más a algunos pueblos del Nepal o del Tíbet, esos que vas cruzando camino del campo base del Everest.
Solo faltaría un monasterio budista para completar la escena, y no sería raro pensar que en cualquier esquina puede aparecer un yak… aunque aquí lo que aparece no son yaks, sino cerdos jamoneros. Y no es una forma de hablar: en Trevélez hay incluso monumentos dedicados a ellos y a su jamones, toda una declaración de intenciones del producto que ha dado fama al pueblo.
Tras una tarde de paseo tranquilo por el pueblo, un bañito en la piscina, la visita a algún secadero de jamón y una cena extraordinaria en el hotel, ponemos el broche perfecto a la jornada. Con el cuerpo descansado y el estómago lleno, estaremos listos para lo que vendrá en la siguiente jornada: la subida al Mulhacén, el techo de la península ibérica.
Día 3: Subida al Mulhacén y regreso a Granada
Y por fin llegó el gran día. Como en toda jornada importante, toca madrugar: el autobús de Trevélez a Capileira, nuestro campo base para la subida al Mulhacén, sale a las 6:15 de la mañana.
Si no hemos podido desayunar en el hotel de Trevélez (aunque, si lo hubiéramos pedido, nos lo habrían dejado preparado; son realmente majísimos), Capileira es una muy buena opción para hacerlo con calma, ya que tendremos tiempo de sobra.
Y es que, ¡sorpresa! El autobús todoterreno que nos sube desde Capileira, situada a 1.430 metros, hasta el Alto del Chorrillo, a una impresionante cota de 2.700 metros, no sale hasta las 8:30 de la mañana.
No os vamos a engañar (como es marca de la casa): el sistema de información y compra de los billetes de este autobús es bastante mejorable. La web de la Junta de Andalucía, donde en teoría se gestiona todo, es francamente lamentable y anclada en el siglo pasado.
Dicho esto, no desesperéis. La forma más efectiva de conseguir los billetes es escribiendo un correo o llamando por teléfono. Es un proceso algo lento, sí, pero funciona y permite hacer todas las gestiones sin problema:
siacsur@gmail.com
Tel. +34 671 56 44 06
El precio del billete de ida y vuelta ronda los 14 euros, y el trayecto dura aproximadamente una hora, incluyendo una parada explicativa a medio camino, que se agradece tanto por las vistas como para estirar un poco las piernas.


Una vez en el Alto del Chorrillo, el Mulhacén aparece ante nosotros… aunque todavía 779 metros más arriba.
Pero no desesperéis, porque aquí llega la segunda sorpresa: el Mulhacén es lo que en nuestra tierra llamamos un «cim de vaques», es decir, una montaña de vacas. Traducido: una cima accesible, apta para casi todos los públicos.
Nosotros lo subimos sin ningún problema con nuestro hijo de 8 años. La montaña no presenta ninguna dificultad técnica, el sendero está bien marcado y, yendo a un ritmo tranquilo, se puede subir y bajar perfectamente en unas 5 horas, con tiempo de sobra para coger el autobús de regreso de las 16:00 h.

Desde la cima del Mulhacén las vistas son espectaculares. Frente a nosotros se alza el Pico Veleta, y hacia el sur se distingue incluso el inmenso mar de invernaderos de El Ejido (esos que también se ven a simple vista desde la luna), visible a kilómetros de distancia. A menudo también aparecen cabras montesas, totalmente acostumbradas a la presencia de caminantes.
Llegar al punto más alto de la Península Ibérica, de 3479 metros, es un momento especial: sin grandes dificultades, pero con una sensación de recompensa enorme. Estás arriba, en el techo de la España peninsular, y eso se nota.



Ya de vuelta en Capileira, dispondremos de algo más de una hora para recuperar fuerzas en alguno de los estupendos bares situados junto a la parada de autobuses, todos ellos con un marcado ambiente montañero que nos encanta después de una jornada así. Nuestra recomendación es clara: Café Bar Moraima, perfecto para sentarse en su terraza a comer algo contundente y comentar la subida con una cerveza en la mano.
Tras este merecido descanso, tomamos el autobús de regreso a Granada, donde nos espera una noche mucho más urbana… y también más cómoda. Después de coronar el techo de la Península, toca premiarse: dormimos de lujo en el Hotel Catalonia Granada, un hotel cómodo, moderno y perfecto para descansar como se merece tras uno de los días más intensos del viaje.
Día 4: Visita a La Alhambra y regreso en tren a Barcelona
Después de la intensidad del día anterior, la mañana arranca con uno de los grandes platos fuertes del viaje: la visita a La Alhambra, uno de los conjuntos monumentales más impresionantes de Europa y, sin duda, el gran símbolo de Granada.
Recomendamos encarecidamente entrar a primera hora, cuando hay menos gente y el ambiente es mucho más tranquilo, algo que se agradece para disfrutarla con calma. Si además podéis llegar caminando desde el centro por el Paseo de los Tristes, bordeando el río Darro y viendo cómo La Alhambra se va alzando poco a poco sobre la colina, la experiencia es todavía más especial y convierte el acceso en parte imprescindible de la visita.
Ya dentro del recinto de La Alhambra, hay tres imprescindibles que no pueden faltar. Los Palacios Nazaríes son la joya absoluta: patios, yeserías y detalles que parecen imposibles y que justifican por sí solos la visita. A esto hay que sumar El Generalife, con sus jardines, fuentes y vistas sobre la ciudad, y La Alcazaba, desde donde se obtienen algunas de las mejores panorámicas de Granada y del Albaicín. Con estas tres zonas bien recorridas, la experiencia queda más que completa.




Las entradas conviene comprarlas con antelación en la web oficial del Patronato de la Alhambra (www.alhambra-patronato.es) ya que los accesos diarios son limitados y se agotan con facilidad, sobre todo en temporada alta. El precio ronda los 22 euros para una visita completa a los tres imprescindibles, una cifra cara pero más que razonable para un lugar de este nivel histórico y artístico.
Tras la visita, y ya con la sensación de haber cerrado el círculo del viaje, toca regresar al hotel, recoger las mochilas y poner rumbo a la estación. Por la tarde tomamos el tren de vuelta a Barcelona, con la cabeza llena de paisajes, ciudades y recuerdos muy distintos entre sí.
Cuatro días, muchos kilómetros en tren y autobús, pueblos de montaña, alta montaña, ciudades históricas y ningún coche. Un viaje intenso, perfectamente factible y que demuestra que subir al Mulhacén desde Barcelona en transporte público no solo es posible, sino también una experiencia redonda. Fin de ruta… y ya pensando en la próxima.


